Bienaventurados los feos, los obesos, los tullidos, los incapacitados, porque son acreedores de la calidad humana...Hoy, sentado al borde de mi propia reflexión, asistía como espectador insospechado al desfile carnal de gente por la playa, paseantes perdidos en su propia inopia, felices participantes de un acto casi irreflexivo y comunal, bañistas, niños, pelotas, hinchables. Y enmedio de todos ellos yo, como un voyeur improvisado, escondido tras unas gafas de sol, una sombrilla y un disfraz de vácuo veraneante.

Asistía yo al desfile de carnes, muslos, brazos, papadas, alopecias, arrugas. Veía pasar a un adolescente parapléjico ayudado tiernamente por su tía y su sobrina a darse un baño, ayudado con una dulzura desinteresada y estremecedora. Un simple gesto que ha llamado mi atención sobre la gente que me rodeaba.

Y me he ido dando cuenta de que, en su gran mayoría, los gestos mas humanos los iba detectando en las personas más imperfectas: la risa en un grupo de gorditos que había a mi derecha, la complicidad de dos viejecitas que paseaban entrelazadas por sus brazos, encorvadas sobre sus propios recuerdos, pero poseedoras de una serenidad envidiable; en fin, sujetos con una gran nariz aguileña riendo a carcajadas, abrazos de una madre generosa en carnes a su hijito no menos suculento, blancas palideces que no aspiraban al soñado bronceado, lunares y chepas mostrados con desparpajo.

En el otro bando, sin embargo, he visto como los cuerpos que se suponen perfectos metian estómago, alzaban barbilla o marcaban músculos. He visto como esas personas buscaban acaparar miradas de admiración, de aprobación, de entusiasmado fanatismo. Notaba miradas vacías, carentes de sinceridad, y poco a poco me iba sintiendo más agusto con mis michelines, mis canas, mis rodillas y mis dioptrías; me sentía más agusto con la imperfección de mi cuerpo, como si tal cosa me acercara más a lo humano que llevo dentro, desprovisto de fingimiento.