Envejecí esta mañana de repente, ante el espejo, mientras entristecía una

palabra. Me vi en el reflejo los ojos canos, los huesos tristes y débiles los

cabellos. Reconocía al joven que he sido pero mirado en la lejanía de un cansancio

ubícuo y omnipresente, de unos años gastados en felicidades.

Sigo mirando en el espejo, turbio engañador, y veo el reflejo de los treinta y

siete que porto en mi mano, y se convierten en el ajado número invertido, y parece que

relata una vieja historia de adentros. Diríase que por fuera no he vivido tanto, que

las experiencias de mi vida podrían resumirse en un folio en blanco, pero por dentro

han recorrido tantas sonrisas como melancolías, desgastando mi energía como un rio

erosiona las rocas de la ribera.

Me siento viejo, quizás por el óseo dolor que me atenaza cada mañana, quizá

por la falta de vigor del que antaño presumiera, quizá por el miedo a perder, ya no mi

vida, sino cada experiencia de amor con Marga y el recuerdo que mis hijos tuvieran de

mí cuando fueran adultos.

Entiendo la energía como una esencia agotable, un néctar maravilloso que unos

tienen a raudales y otros disponemos de un pequeño tarro. Yo noto como cada mañana me

queda sólo un poso en el que debo rebañar si quiero sequir erguido, porque en los años

pasados me dediqué a malgastarlo incontrolablemente.

Me vi hoy tan de viejo que siquiera tuve fuerzas para la métrica de mis

versos, para el ágil trazo de un poema; quise levantar mi pala, mi raqueta, mi

bandera, hasta que el reflejo envejecido del espejo me increpó: ¡En marcha, joven!